LA GRANDEZA DE LO MÁS PEQUEÑO. LAS DOS VOCES.

La Grandeza de lo más Pequeño. Las Dos Voces.

Por Jose Segurado

«Constantemente vivimos en una perpetua discusión entre nuestros consejeros internos: nuestro ego (el diablillo) y nuestra alma (el ángel). El reto consiste en saber a quién escuchar…»

Hace unas dos semanas viajé por primera vez a Israel, un sueño que tenía pendiente desde hace años. Tel Aviv y Jerusalén me dejaron boquiabierto con su fusión de culturas y con la magia de miles de años de historia invadiendo cada rincón. Pero lo que más me llamó la atención del viaje no fue eso. No fue todo lo “grande” que descubrí. Al contrario, fue algo muy pequeño, algo en lo que muchas de las personas que estaban conmigo no repararon.

Durante una cena con amigos, apareció una mujer de unos cuarenta años acompañada de su hijo, de unos ocho. Ese niño era distinto. Creo que tenía algún tipo de parálisis cerebral, aunque no puedo especificar de qué se trataba. Iba en silla de ruedas, tenía problemas evidentes de movilidad y de comunicación. Se intuía una edad mental inferior a la física. Era extremadamente cariñoso con su madre y con los que le rodeaban. Todo aquel que le mostraba algo de cariño era recompensado inmediatamente con decenas de abrazos y risas. Le adorabas en menos de un minuto, y al mismo tiempo era bastante difícil lidiar con tanta intensidad constante. De repente, comenzaba a reír o a hablar muy rápido y fuerte, a no parar quieto… pero su madre estaba siempre ahí para contener la situación sin inmutarse ni un momento, mostrando amor incondicional desde la calma más absoluta.

Para que estuviese más tranquilo, su madre le trajo un libro de cuentos. Un libro que se notaba que estaba ya muy usado, en el que también podía colorear, dibujar y escribir. De repente, dejaba de estar nervioso y acelerado y se sumergía en esos cuentos que, desde fuera, se intuía que ya conocía perfectamente y que eran sus compañeros de viaje. La cara le cambiaba. Sonreía, se llenaba de felicidad. Cuando alguno de nosotros nos acercábamos para mostrar interés por lo que hacía, rápidamente comenzaba a leernos con ganas uno de los cuentos, aunque lamentablemente no pudiésemos entender nada porque nos hablaba en hebreo.

En un momento en el que el chaval estaba muy emocionado porque todos le estábamos prestando atención, su madre le preguntó si quería leernos su cuento favorito. Fue como si le hubiese tocado la lotería. Fue directo a una página que se notaba que estaba incluso más desgastada que el resto y nos empezó a leer, y casi a interpretar, el cuento de las dos voces. Su madre le iba acompañando y le hacía parar cada ciertas frases para poder traducir sus palabras al inglés, y que así le pudiésemos entender.

“Un niño, Shimon, estaba muy enfadado porque otro niño le estaba insultando y tratando mal, y esto hacía que, como todas las otras veces que era preso de su rabia y enfado, dos voces comenzasen a hablar al mismo tiempo en su cabeza.

La primera era muy rápida, potente y ruidosa, y le decía sin parar que él no se merece esto, que él tiene derecho a ser tratado mejor, que él no puede dejarse hablar así, que él, él, él… todo acerca de él.

La segunda voz, la voz del alma, era mucho más pausada que la primera, y hablaba de manera más suave, tanto que a veces era difícil escucharla en medio de los tremendos gritos de la primera voz, que ya estaba haciendo su trabajo. Sus consejos hablaban de lo que es mejor para todos, incluyendo el niño mismo, de cómo mejorar la situación globalmente, de cómo buscar una solución proactiva. Sin embargo, hay un reto en lo que dice el alma. Por lo general, lo que nos aconseja es más cercano a lo incómodo que a la comodidad que nos ofrece el diablillo.”

 

De acuerdo a la Kabbalah, esto es real, y constantemente vivimos en una perpetua discusión entre nuestros consejeros internos: nuestro ego (el diablillo) y nuestra alma (el ángel). El reto consiste en saber a quién escuchar. Para ayudar a un niño a entender el concepto, se le explica que ante una situación en que tenga que decidir, escuchará dos voces totalmente opuestas que vienen de su mente. Pero, si el niño aprende a escuchar a la segunda voz, podrá aprender a escuchar a su voz verdadera, la voz de su alma… en vez de la voz de su ego. La recompensa es impagable, aunque a veces cueste un poco más de esfuerzo que estallar ante los gritos de la primera voz.

He escuchado y leído esta historia cientos de veces en los más de 14 años que hace que la Kabbalah llegó a mi vida. Muchas veces se ha quedado simplemente en un cuento bonito de escuchar o para explicarlo a los niños de la familia. Otras veces ha tenido una importancia vital en mi vida, como cuando hace 5 años me dijeron que me iba a quedar en silla de ruedas y me di cuenta de que en mi cabeza convivían dos voces hablando al mismo tiempo: la que chillaba y me decía que ese destino era real e inexorable, y la sutil que me decía que había mucho que podía hacer para recuperar mi vida y mi salud. Por suerte elegí hacerle caso a la voz sutil (la mayoría del tiempo, porque muchas veces uno cae preso de la voz chillona, somos humanos).

Pero, esta vez, en Israel, en los labios de este pequeño aparentemente indefenso, aparentemente dependiente del exterior, es cuando cobró más realidad. Este pequeño confiaba plenamente, tenía certeza absoluta en esta historia. No podemos ver cuál es el cuadro completo de la realidad que vivimos, no podemos saber cuál es la misión de cada uno de nosotros en este mundo. A veces podemos preguntarnos, por qué un niño tiene que venir a este mundo con tantas dificultades, con tantos retos. De alguna manera, en ese momento, para mí estuvo claro que una de las misiones de ese pequeño es transmitirnos esta historia, para mí de vital importancia, no como un cuento, sino como una realidad incuestionable.

Te invito a esforzarte por escuchar siempre a esa segunda voz, a pesar de las dudas y el miedo.